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Neruda, el relato confeso de una violación






En muchas culturas la violación aún cuando es una agresión no es ni jurídicamente, ni socialmente condenable, muchos casos de este tipo hemos visto o leído en los diarios de noticias y generalmente estos países no reconocen este acto como una violación a los DDHH, pero lo cierto es que esos lugares ubicados en alguna tribú africana o en algún lugar lejano como los Emiratos Árabes, pero lo que poco se ve es que tenga aprobación abierta de este lado del mundo.




Muchas veces se idealizan a personas de nuestro entorno, llámense amigos o hasta parejas, pero sobretodo es muy común que pase con figuras públicas o artistas, que pueden hacer aportes culturales, sociales o artísticos al mundo y eso para el registro de moralismo de algunas muy vulnerables mentes los convierte en personas correctas que gozan de respeto, estima y consideración.


Por mas inaudito que a muchos les parezca  un acto de este tipo, la verdad es que para muchos la fama y el reconocmiento les otorga expiación a sus victimarios sólo por la indulgencia que han ganado con sus oficios y profesiones. Por increíble que pueda sonar el poeta de poetas, el gran Pablo Neruda, el mismo de "me gustas cuando callas porque estas cómo ausente", relató en sus memorias como una anécdota romántica, la violación a la que sometió a una mujer que trabajaba en su casa. 

“Mi solitario y aislado bungalow estaba lejos de toda urbanización. Cuando yo lo alquilé traté de saber en dónde se hallaba el excusado que no se veía por ninguna parte. En efecto, quedaba muy lejos de la ducha; hacia el fondo de la casa.

Lo examiné con curiosidad. Era una caja de madera con un agujero al centro, muy similar al artefacto que conocí en mi infancia campesina, en mi país. Pero los nuestros se situaban sobre un pozo profundo o sobre una corriente de agua. Aquí el depósito era un simple cubo de metal bajo el agujero redondo.

El cubo amanecía limpio cada día sin que yo me diera cuenta de cómo desaparecía su contenido.

Una mañana me había levantado más temprano que de costumbre. Me quedé asombrado mirando lo que pasaba.
Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias.(1) Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.

Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa.

Era tan bella que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado. Como si se tratara de un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado(2). La llamé sin resultado.

Después alguna vez le dejé en su camino algún regalo, seda o fruta. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente.(3)

Una mañana, decidido a todo(4), la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara (5) No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama.(6) Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua.(7) Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible(8). Hacía bien en despreciarme (9). No se repitió la experiencia”.







Relato extraído de “Confieso que he vivido”, libro de memorias de Pablo Neruda. 










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1 Comentarios

Unknown dijo…
Titulo timador... pero real

fue sutil